A lo largo de la historia la mayoría de los seres
humanos han tenido un acceso muy limitado a los libros, pero en el caso de las
mujeres, este acceso ha sido siempre mucho más aún.
Cuando las mujeres empezaron a leer, no todos los libros se consideraban apropiados para ellas y en más de una ocasión la lectura fue considerada un auténtico peligro.
Podía ser un pasatiempo, pero el contenido de los libros debía remitir a su instrucción, devoción o esparcimiento, sin alterar su virtud.
Cuando las mujeres empezaron a
leer en el siglo XIX, se las fidelizó con las novelas por entregas. Las mujeres vieron en las novelas la expresión de
sus anhelos. Hubo quien consideró que la lectura desestabilizaba a
las mujeres. El máximo exponente de las consecuencias de la lectura fue Madame Bovary de Gustave Flaubert.
Los médicos, considerando a las
mujeres seres impresionables, recomendaban leer con moderación y alejarse de
historias que excitaran las pasiones. Las que tuvieron acceso a la lectura se
las ingeniaron para poder leer más, y acceder a determinados títulos, como la
niña que enciende la linterna bajo la sábana para terminar su libro. En este
contexto, desear se convirtió en un acto de resistencia.
En realidad leer es en sí un acto de rebeldía: frente
a un mundo anestesiado, nos sumergimos en historias para acceder a nuestro
horizonte propio. Leer permite, al igual que en el XIX, imaginar otros mundos.
Para hombres y mujeres es un acto de rebeldía frente al ruido, frente a la
masa, frente al dogma y frente al vacío. Es un acto personal de recogimiento
que nos ha permitido sentir, reflexionar y aprender.
En el Día de la Mujer celebramos la libertad que las
mujeres tienen hoy de leer y publicar como nunca antes y reivindicar que quedan
aún muchas sociedades donde las mujeres no pueden hacerlo.
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