Os traemos hoy a los alumnos premiados en el XXXIII Concurso Literario Sto. Tomás de Aquino
convocado por el Departamento de Lengua
Castellana y Literatura de nuestro instituto. Su hilo conductor ha sido “Gafas mágicas”.
El concurso ha tenido dos modalidades: prosa y verso;
y dos categorías: ESO y ESPAD, de un lado, Y Bachillerato, Ciclos Formativos y
Curso Preparatorio, de otro.
En los primeros días de febrero los ganadores han
recibido sus premios. Aquí los tienes junto a sus profesoras.
Categoría ESO:
-
1º premio verso para Roberto Vera Martínez por
Lo bonito que es recordar.
-
2º premio verso para Amanda Valdés Socorro por
En los ojos de un ciego.
-
1º premio prosa para Isabel Neumann Pérez por La
herencia.
-
2º premio prosa para Amanda Valdés Socorro por Las
gafas de la muerte.
Categoría
Bachillerato y Ciclos:
-
1º premio verso para Lázaro Campuzano Martínez
por Paranoia.
-
2º premio verso a Lucas Mateo Galet por Aprendiendo
mi guitarra.
¿Te apetece
leer los textos premiados?
Con las gafas puestas, todo se ve muy
ordenado:
formas claras, definidas, reflejos de la
aurora matinal.
Todo es lógico, pulido y calculado;
nada es un problema y todo es racional.
Pero al quitármelas, siento un mareo
y un golpe seco en lo interior del cuello.
Todo se vuelve borroso
y necesito reposo.
Hadas sin alas me tiran al suelo
y veo caer cometas sobre mi cabeza:
eran unas moscas de la fresa
con su errático vuelo
y unas gotas de rocío que contemplé con
terror.
Veo a un chico mariposa
besando a un hombre de marfil
y giran sus rostros enamorados
clavando sus miradas en mí.
Oigo campanas que tocan a muerto,
pisadas de caballos negros como el tizón,
y un remolino de avispas y alacranes
me arrastra al entierro de mi corazón.
Me resisto como puedo entre tanta negrura,
entre tanto caos y tanta amargura,
pero no encuentro las gafas en el bolsillo
y mi cerebro se empieza a derretir por el
frío…
Halos escarlata, rayos de violeta, bajas
barandas;
monjas travestidas, rosas con anemia,
águilas calvas.
Luces de la feria, amnesia deprimida,
dalias bailarinas;
cadenas de lavanda que aprietan las faldas
obsesivas.
Borro todo.
Rompo con nada.
¿Y las gafas?
Vuelven las quimeras:
Ríos de ácido. Truenos incesantes. Copos
de nieve.
Cráneos diminutos. Higos chamuscados.
Libido que hierve.
El mundo es una casa sin ventanas, una
jaula infinita
donde la luna canta un fandango, soledad
que musita
con su tez de plata y sus duras piernas de
piedra,
su corazón de hormigón y su helada cara
desierta.
Dos sirenos acarician mi torso desnudo
y clavan sus bocas en mí, triángulo de
frutos.
Los ojos de olivo del primero me recuerdan
a la primavera:
son un eterno fuego en estado de espera.
La cola del segundo, llena de escamas y
hecha a las penas,
evoca los pétalos de una flor yerma.
Mi mente es yerma,
órgano estéril hecho de neuronas
y de ilusiones hecho.
Tras perder su cola, los sirenos me
acercan las gafas.
Lentamente, olvido la flor y la primavera,
los ríos, los ruidos y las casas.
Olvido las faldas, el frío y el violeta,
el marfil, las moscas y las hadas.
También me dieron unos medicamentos
antes de que las visiones pararan.
Quizá lo que me hizo efecto…
no fueron las gafas.
1º premio prosa ESO. Isabel Neuman Pérez.
La herencia
Aún recuerdo el día en el que mi abuelo me entregó una caja con unas gafas
dentro, gafas que me acompañan hasta hoy. Ocurrió hace mucho tiempo, cuando yo
tendría unos quince años y detestaba todo lo heredado. Ya que era la menor de
tres hermanos y siempre me tocaba recibir lo que a ellos ya no les servía o no
querían, mientras que ellos recibían cosas nuevas.
Era un día normal o, mejor dicho, tranquilo, ya que un día no puede ser muy
normal cuando en una misma casa viven siete personas. Recuerdo que aquel día mi
abuelo parecía inquieto, escondiendo una caja que llevaba en las manos de un
lado a otro, hasta que al final se decidió a entregármela diciéndome que era de
su padre y que le encantaría que la tuviera yo. También añadió que no la
abriera hasta que estuviera a solas en mi cuarto y que tuviera cuidado.
Primero me molesté porque pensé, “otra cosa heredada, ¿no me podrían dar
algo nuevo de una vez?”, pero como sabía que no iba a suceder, lo olvidé y me
fui a mi cuarto.
Cuando por fin estuve a solas en mi habitación, ya que lo compartía con una
hermana, decidí abrir la caja y dentro encontré unas gafas. No eran ni por
asomo bonitas. Montura metálica, fina, ligeramente torcida, cristales
transparentes sin ningún brillo especial. Nada que gritara magia. Nada que
justificara el misterio con el que mi abuelo me entregó la caja. También
descubrí un papelito bastante bien doblado en el que ponía: “no son para ver
más, sino para ver distinto”. Esa frase la entendí después.
Sin pensar demasiado me las puse. Fue un gesto automático, como cuando te
pruebas un anillo o un sombrero.
Al principio no noté ningún cambio aparente. Mi habitación seguía igual que antes; la ventana mal cerrada, la ropa tirada por el suelo y la cama sin hacer. Pero entonces parpadeé varias veces. Algo se había movido. No exactamente delante de mí, sino debajo de lo visible.
Como si la realidad tuviera dos capas, una más de la que hubiera imaginado,
una que nunca supe enfocar hasta el momento.
Las paredes de mi cuarto parecían más gruesas, como si ocultaran algo por
dentro. Las sombras no se estaban quietas, temblaban levemente como si
quisieran decirme algo que no entendía. Me quité las gafas casi de inmediato.
Todo volvió a la normalidad. Pero finalmente me las volví a poner. Al momento
siguiente reparé en que en mi escritorio había una pequeña grieta de la que
emanaba una fina línea de luz, casi imperceptible. El reloj seguía marcando la
misma hora, pero el tic-tac sonaba diferente, como si estuviera contando algo
más que segundos.
Nunca llegué a sentir miedo. Siempre sentí curiosidad. Cosa que con el tiempo resultó que podía llegar a ser peligroso. Recuerdo que durante los siguientes días me puse las gafas a escondidas. Cuando me las ponía, la ciudad cambiaba, pero sin transformarse del todo. Las calles seguían siendo las mismas, los edificios no se movían de su sitio y la gente caminaba como siempre, pero algo en el ambiente cambiaba cada vez que me las ponía, como si todo estuviera ligeramente fuera de lugar. Algunas fachadas parecían un poco más antiguas de lo que recordaba, llenas de marcas en las que nunca antes había reparado. Las farolas tenían sombras demasiado largas, daba igual la hora que fuera. Había partes en las que el aire parecía más denso, como si costara atravesarlo. No sabía explicarlo en ese momento, pero tenía la constante sensación de que la ciudad estaba cansada.
Las personas también parecían diferentes. No todas. Había algunas que
estaban rodeadas por una especie de brillo, casi imperceptible, otras, en
cambio, parecían incompletas, como si les faltará algo, algo que no sabría
nombrar. Esas personas caminaban, hablaban, reían, pero al mirarlos con las
gafas puestas sentía un vacío difícil de ignorar.
Empecé a observar más a menudo. Me sentaba en bancos por la calle y fingía mirar el móvil, pero en realidad miraba a la gente que pasaba por delante de mí. Me decía a mí misma que no estaba haciendo nada malo, que solo estaba observando. Sin embargo, cuanto más tiempo pasaba con las gafas, más difícil se me hacía quitármelas.
Hubo un momento en el que me di cuenta de que algo no iba bien. No fue nada
espectacular ni inmediato. Simplemente, una tarde al llegar a casa, me descubrí
buscando las gafas antes de dejar las cosas del instituto, lavarme las manos y
quitarme los zapatos, cosa que era lo primero que hacía siempre al llegar a
casa. Fue cuando entendí que ya no me ponía las gafas solo por curiosidad.
Con ellas, todo parecía tener un sentido diferente, como si el mundo
siguiera otras reglas que antes no había notado. Algunas veces, cuando miraba
durante mucho tiempo un objeto, tenía la sensación de conocer su historia.
Otras veces, eran las personas las que más me inquietaban. Algunas parecían
arrastrar algo invisible, un peso que no les impedía caminar, pero que con las
gafas era inevitable no verlo.
Sin darme cuenta empecé a clasificarlo todo. No sabía por qué lo hacía ni para qué, mi mente lo necesitaba. Había personas que brillaban levemente como si guardaran algo intacto en su interior. Otras, en cambio, parecían huecas como si una parte de ellas se hubiera quedado atrás y nadie hubiera ido a buscarla.
Un día, mientras observaba desde el banco de la plaza, una de esas personas
se detuvo de pronto. Era una mujer con un abrigo oscuro y largo. Sin las gafas
no habría tenido nada en particular, pero con ellas su contorno parecía
inestable, como si estuviera mal definido.
Levantó la cabeza y por primera vez sentí que no era yo quien estaba
mirando. Era ella. Nuestros ojos se cruzaron apenas unos segundos, pero fue
suficiente. Me quité las gafas casi de inmediato, tenía el corazón acelerado.
Cuando volví a mirarla, la mujer ya se alejaba entre la gente, caminando con
normalidad.
Me quedé allí sentada un buen rato, con las gafas bien apretadas entre las
manos. Por primera vez desde que las tenía, sentí duda de qué era real y qué
no.
A partir de ese día, empecé a notar pequeños fallos en el mundo cuando no las llevaba puestas. Nada evidente. Detalles mínimos. Un reflejo donde no debía haberlo, un silencio demasiado largo entre dos sonidos, una sensación constante de que algo se estaba desajustando. Me decía a mí misma que era cansancio, sugestión, imaginación. Pero en el fondo sabía que no lo era.
Una noche, mientras revisaba unos papeles antiguos en el estudio de mi
abuelo, encontré una libreta escondida en el fondo de un cajón. Estaba llena de
anotaciones desordenadas, dibujos de ojos, esquemas de la ciudad que no
coincidían con ningún mapa real. En la última página había una frase escrita
con pulso tembloroso:
El problema no es ver lo que otros no ven. El problema es que eso que ves
empieza a necesitarte.
No volví a preguntarle nunca a mi abuelo por las gafas. Tal vez porque
intuía la respuesta. Tal vez porque no quería oírla. Hoy sigo llevándolas
conmigo. No siempre me las pongo. A veces las dejo en el fondo del bolso, otras
las encierro en su estuche durante días. Pero siempre vuelvo a ellas. Porque
ahora sé que no muestran una realidad distinta, sino la misma, solo que sin
filtros, sin olvidos. Y porque, una vez que has aprendido a mirar de verdad, el
mundo ya no te permite apartar la vista.
A veces pienso en quitármelas para siempre. Imagino una vida más sencilla,
sin grietas luminosas ni sombras inquietas. Pero entonces recuerdo algo que
entendí demasiado tarde: no todo el mundo puede ver.
Y alguien tiene que hacerlo.
2º premio prosa ESO. Amanda Valdés Socorro.
Las gafas de la muerte
Saiko no temía a la muerte, ni a la oscuridad, ni al silencio. Pero un día lo empezó a hacer. Un día estaba en una habitación de hospital, esterilizada, fría y gélida. Sin vida, con un pitido eterno, sin la otra cara de la moneda que era. Pocos entenderían el dolor de perder a alguien con quien compartiste el calor del vientre de tu madre, y más aún con quien compartiste carne. Al siguiente momento, en un cementerio. Con el graznido de los cuervos y el suave sollozo de los árboles al mecerse. Ese día Saiko temió a la muerte, pero no a la suya propia, sino a la de otros. Temió perder a sus amigos, a sus familiares, a quienes amaba, incluso a todo el que alguna vez le extendió la mano. Temió tanto que huyó. El calor del hogar, del amor, de la vida, todo eso lo abandonó.
Fue otra vez en una habitación de hospital, esta vez de su abuela Sakura, donde lo perdió todo. La abuela deslizó con suavidad su viejo estuche de gafas a las manos de Saiko, quien plañó ante el regalo. Sako quiso hablar, decir algo, cualquier cosa, pero nada salió de su garganta. Adentro había unas gafas delgadas, circulares y con detalles dorados junto a la letra temblorosa de la abuela. ‘‘Cuando estés perdida, úsalas’’ Saiko creyó que era una broma cruel, pero antes de decir nada, escuchó un último suspiro.
Quizás meses, quizás semanas, quizás simplemente no sabía bien el tiempo pasado. No le quedaba nada, solo su habitación en silencio y oscuridad. Acurrucada en la manta que perteneció a su gemela, estiró su mano hacia el estuche y observó las gafas. Se las puso con suavidad, y el aire dejó sus pulmones. Apareció un hombre, casi como un fantasma. Pálido, etéreo y con la mirada perdida. Levantó la mirada del suelo y Saiko pudo sentir cómo perforaba su alma.
—¿Quién eres? —sollozó, histérica.
—¿Quién eres? —cuestionó otra vez.
El hombre dio un paso adelante. La miró a los ojos y bajó la cabeza.
—Cuando llego, hace frío, mucho frío, se te hiela el alma y tu cuerpo se paraliza, y en mí quedan todos los perdidos —respondió con la voz vacía como la de un muerto.
Saiko se quiso reír, de verdad. Le parecían una burla total las palabras de ese hombre —o lo que fuera—, pero había aparecido por arte de magia ahí. ¿Cuál era, si no, la explicación?
—¿Qué haces aquí? Si de verdad fueras un shinigami, deberías estar segando las almas —inquirió Saiko sin quitar los ojos de la figura.
—Tengo quienes se encarguen de eso. Así yo… simplemente puedo ser libre. —Las últimas palabras las dijo con pésame, como si le doliese esa libertad.
Tánatos, como decidió llamarlo Saiko porque le parecía más adecuado un nombre propio que el nombre de una raza, se acercó con cuidado y se sentó a su lado. La miró a los ojos y entrelazó sus manos.
—¿Por qué…? ¿Por qué es que te veo? Las gafas… ¿por qué las gafas me dejan verte?
Tánatos la miró en silencio, solo unos segundos antes de deslizar una mano por su cabello, que Saiko asegura que vio hilos negros brotar de sus dedos y volverse sombras, y suspirar con pesadez.
—Te la contaré, lo prometo. Algún día, algún momento, solo no ahora.
Y ninguno dijo nada más. En algún momento eso se volvió la normalidad en la vida de Saiko. No se quitaba las gafas a excepción de para dormir, así que veía a Tánatos merodeando a su alrededor. Ya fuese actuando como un humano —lo que la sorprendió— o simplemente mirando a la nada. En algún momento la monotonía de su vida aceptó a Tánatos en ello, volviéndolo una parte de su rutina. Fue suavemente que, sin esperarlo, su compañía fue bien recibida. Su humor seco se sintió de consuelo, y en las noches frías, cuando se envolvían en las grandes alas, ya no se sentían tan frías. Su abrazo, gélido, le transmitía calor, y la idea de estar con él cada día se hacía más cercana. Poco a poco, Saiko dejó de querer nada. Sin desear levantarse de la cama, días en que solo lloraba, y un día, una noche, un momento, tomó los medicamentos para el sueño que le recetó el doctor. La idea era tan tentadora, tan tranquila, tan prometedora, que se enroscó en su pecho y no la soltó. Tánatos lo sabía, lo había visto tantas veces, pero seguía doliendo, seguían quemando su alma. Bien sabía él, mejor que ningún humano, lo que pasaba dentro de Saiko, y aunque fuese como arrancarse el corazón del pecho, él, no ella, decidió poner final a la inminente tragedia antes de que ocurriera.
Saiko sabía que él estaba ahí, sentado en el borde de la cama, mirando la otra pared fijamente.
—Los humanos son egoístas, ¿sabes? Muy egoístas. Saiko no respondió, hacía mucho tiempo que no lo hacía.
—Son tan egoístas que solo piensan en ellos cuando sufren, solo en ellos. Te ahogas en este vaso, un vaso de agua, aun cuando quieren extenderte la mano. Ryu te ha estado llamando cada noche. Ryu, el mismo chico que te besaba la mano y te acompañaba a clases, lo tienes sufriendo con tu propia pena.
Saiko se volteó con cuidado, mirándolo con el rabillo de sus ojos, viendo cómo sus alas se movían suavemente en sincronía.
—Crees que esto será un acto de paz, un acto de amabilidad, pero te diré algo que nadie te ha dicho: No hay acto más egoísta que la muerte.
Tánatos se levantó, batió sus alas suavemente y la miró. Pero con los ojos pesados de alguien que perdió lo que creía, alguien que perdió su corazón.
—Piensa en Aiko, piensa en Sakura, piensa en quienes amas que siguen vivos, y ahora imagínate que ellos lo hicieran —terminó antes de desaparecer como la primera vez, solo que en una nube de plumas negras que parecían pétalos.
Saiko se movió en su cama y simplemente lloró. No de dolor, no de pena, sino de entendimiento. Ese miedo ardiente que le quemaba el pecho, ese temor que ahora latía dentro de ella, la hacía sentir cruel. Cruel contra quienes amaba, cruel contra sí misma, cruel contra la vida propia. Esa noche lloró, una lágrima más, solo una más, se dijo a sí misma. Y esa noche cuando Ryu llamó, contestó. Intercaló palabras con lágrimas y una súplica que viniera. No hizo falta que lo dijera otra vez. Su abrazo la hizo sentir bien, la hizo sentir viva, le hizo sentir que había algo que importaba. No fue rápido, fue doloroso, fue lento, fue mortal, fue como tener que arrancarse un trozo del alma y tener que abandonarlo. Así pensaba ella, pero él estaba con ella, cada paso, cada momento. Cuando Saiko daba un paso, Ryu estaba con ella. Y a cada momento donde ella dudaba, él la levantaba. En algún momento que Saiko no notó, las gafas volvieron a su estuche. En una esquina de su mesa, cogiendo polvo cada día que ella más se alejaba de ese abismo.
Tánatos simplemente se quedó ahí, en las sombras, envuelto en sus alas que lo ocultaban. Viendo a Saiko reír otra vez, viendo a Saiko levantarse otra vez, viendo a Saiko vivir otra vez. Y ahí se quedó Tánatos, cual palabra de consuelo innecesaria, pero él bien sabía, así que se reía de su estupidez. Quizás para camuflar el engaño que se había permitido creer. Quizás esa mentira de que esta vez sería diferente, que esta vez no sería el hombro de consuelo. Pero Tánatos sabía, en lo profundo de su corazón, que esas gafas eran el inicio de su dolor. Se maldecía desde hace milenios por darle ese regalo a esa humana, ¿pero qué podía hacer? Simplemente quería que lo viera, que lo amara, pero la muerte no lleva amante.
Así que Tánatos se acercó con cuidado al estuche mientras escuchaba las risas estridentes de Saiko y Ryu en el piso de abajo. Lo abrió y vio esas gafas. Malditas, benditas, siempre dependía de a quién le preguntaras. Las agarró entre sus dedos finos, elegantes y delicados y las miró. Sus cristales perfectos, su reflejo en ellos, el único lugar donde podía reflejarse, y la firmeza de su montura, hecha a medida para el suave rostro de la dama que los portara.
Tánatos las apretó en su mano y sintió cómo quedaba reducido a nada. Como el frío hielo del Cocito que hacía sus cristales se le clavaban en la mano y el hierro del Flegonte ardía en su mano. Cuando miró, solo quedaban cenizas en su pálida mano impoluta. La lanzó al viento para que lo llevase de vuelta a donde había nacido y desapareció en las sombras. Tal como desaparece la muerte.



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